Al fin llega eso que tanto esperábamos, aunque haya sido, como siempre, en el momento quizá menos oportuno. He podido disfrutar recordando los sitios donde, cuando llovía, se formaban charcos que inundaban aceras enteras. Años y años haciendo el mismo camino y aprendiendo hasta cuáles eran las baldosas que había que sortear porque estaban sueltas y con facilidad te podían empapar las medias que tendrías que llevar durante toda la mañana tiritando. Esos charcos que desaparecieron durante unos meses y se ocultaron bajo el sol que nos calentó durante meses sin descanso. Siento pena de que quizá en unos meses no vuelva a ver las mismas calles de siempre y pueda disfrutar de los pequeños detalles que me regalaban día tras día durante años. Debo reconocer que la ciudad no es perfecta, mas bien todo lo contrario, pero quizá por eso mismo es por lo que la amo.

(Vista de la ciudad desde mi ventana una tarde cualquiera)
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