jueves, 28 de junio de 2007

26/06/07 Vuelo 225


Lucho. Bato inútilmente de forma desordenada las alas, llenas de heridas. Me agito. Rompo el equilibrio del aire y giro sobre mí misma con impulsos de mi cuerpo, como a golpes, pero nunca en círculos perfectos (mi estúpida naturaleza lo impide). Sólo quiero mantenerme en el aire, sin avanzar hacia ningún lado, bajo este día caluroso y soleado. Un rayo atraviesa por dentro todo lo que guardo, atacando, tal vez, al corazón. Caigo inútil al barro y me abandono, me hundo sin mover un dedo, cierro los ojos ante lo inevitable y el calor desaparece de golpe. Un suave murmullo de hojas me incita a ver, y veo al casi recién nacido adulto, inclinado ante mí, inmenso y con el sol a sus espaldas. Me toma entre sus manos con cariño, tan pequeña soy comparada con él. Me arrulla y oigo en su pecho tu corazón amabilísimo que me reconforta. Acaricia mis heridas limpias (el barro no ha ensuciado mis plumas) y desaparecen, dejando paso al calor agradable de su abrazo. Pasaría el resto de mi vida así...

...El llanto de Daniela al separarse de su madre (mi Caperucita) me despierta.

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Miro a mi alrededor y no reconozco nada. Un vagón de tren, en el que llevaré soñando horas y que no recuerdo haber tomado, aparece paulatinamente ante mis ojos. Alguien (tal vez el que en mi sueño tantas veces me recogió del barro) ha pagado mi billete con su vida. No llevo equipaje, paso de tener todo a vivir en pobreza absoluta, pero tampoco lo echo en falta. El traqueteo me dice que avanzamos rápido. Me asomo a la ventana. Fuera amanece.


Puede que esta noche haya sido el vuelo 225, mi último vuelo en sueños...

martes, 19 de junio de 2007

Mástil de barco


Veinticinco.

Quince. Nueve, ocho. Dos. Casi cero metros cuando mis manos, provistas de cincel, se paran ante la mítica obra, erguida y fría, mutilada, sin cabeza ni brazos -pero con alas-. Una mano poderosa detiene mi arma y me ordena retroceder, retirando todos los kandinskys y murillos de mi vista (mucho más aún de mis dedos) y me duele sentir las arrugas de mis dedos inútiles que se mueren entrelazados señalando ocho la estancia que me protege esta noche y dos de ellos allí donde tú me esperas.



Como un barco, sigo las luces que me guían en esta densa noche para llegar a la orilla de tu tierra y entre cantos marineros (en memoria de aquella muerte fiel y de su (mi) Madre) y olas movidas por el viento enfurecido (que se rabie y pegue cabezazos contra otra columna) tiro el equipaje pesado, para evitar hundimientos, por la borda. Tal vez me mareo con tanto ajetreo. Me sujeto con fuerza al mástil y asciendo. Quizá el viento sople más fuerte, enrabietado con sus rabias (que se las coma con patatas). Subo. Agarro con fuerza el mástil. Casi sin fuerzas, con más viento que antes, puede, le ignoro (nada puede sin mi Bien) y para olvidarle del todo levanto la vista... y miro al cielo.
Video blog: el fantasma - arbol

lunes, 11 de junio de 2007

Sueño en el alféizar

Una gota. Dos. Tres y cuatro. Cinco gotas. El cielo oscurece por momentos y los niños se retiran de sus juegos para volver a las casas. Los ataques de piratas se detienen como al pulsar el botón de un videojuego; los castillos de arena se desalojan para ceder al inevitable derrumbe. Seis, siete. El parque acá queda solo; los granos de arena de la playa continúan su débil viaje de idas y venidas impulsado por las olas imparables e indiferentes al hecho de que ya nadie las salta. Los coches encienden sus luces rojas a la par de los limpiaparabrisas. Catorce. Allá dentro, en el corazón del azul, un barco se zarandea al ritmo del baile que ha comenzado. Quince. La lluvia ya imparable. Busco cobijo en donde cualquier niño me ofrezca. Las chimeneas se encienden y me acurruco en el alféizar de cualquier ventana para espiar el interior entrañable. Papeles, cartas, posiblemente sueños de pequeños se retuercen y bailan con las llamas, como el mar con el barquito, y se funden con las cenizas del fondo ocultando lo que fueron. Intento entrar por un hueco de la ventana para secar mis alas. Muero, tal vez en el intento.

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Acaricio el cristal, allá afuera sobra la ciudad llueve. El silencio se apodera de las calles. Abro la ventana en mitad de la noche, pues me acabo de despertar. A lo mejor algún gorrión busca, como cada cierto tiempo, refugiarse en mi estantería de libros...

sábado, 9 de junio de 2007

Peatón pulse


Hoy he caminado bajo el asfixiante sol y, mientras esperaba a cruzar la calle, me iba camuflando en los finos palos de los semáforos. Peaton pulse... Pato pulse... Cruzo sin mirar, dejándome guiar por el oído, porque si me dedico a pararme en ese tipo de mensajes (según los cuales debería esperar a que un alma caritativa decidiese cruzar y pulsase entonces el botón) no avanzaría más que mediante pequeños simulacros. No hay aire por el que dejarse guiar, las plumas se me pegan al cuerpo con el calor. Avanzo por las calles decidida, procurando no mirar a los lados y segura que allá donde me llevan los pasos es el camino que yo misma he decidido.

Hago un nuevo esfuerzo por entender las señales de tráfico y aunque me quede sin sitio en la biblioteca, siempre sé a dónde puedo volver.

viernes, 8 de junio de 2007

Desde los tejados

Me siento en el tejado de cualquier casa a admirar el panorama. Me doy cuenta de cómo las cosas han cambiado y de que soy mucho más débil que antes, lo cual no implica que deje de volar. Lo de migraciones a grande escala y a lejanas tierras se ha reducido a pocos metros, pero no importa mientras que las vistas desde el tejado sean las q tengo delante. No atravesaré mares (es lo más probable), ni viviré grandes aventuras (no queda otra que aceptarlo), por eso mismo, por eso, me he hecho un diminuto ave de ciudad en vez de majestuosa ánade real. No importa, si es así es porque así tenía que ser. Y no vale resignarse (en esta ocasión no se admite), sino que toca amar el nuevo plumaje y la compañía de los que compartirán su tiempo a medias conmigo, a medias contigo.










(desde mi tejado,
en buena compañía)


Nuncá sé cómo cerrar estas entradas que abro queriendo contar mucho y sin saber hacer otra cosa que depurar y concretar (esa palabra que tanto apasiona a algunos, ¿verdad?) todo lo que quiero escribir en realidad, así que la cierro y punto. Un saludo a los que me leéis (no sé si el contador se ha disparado porque veo demasiado las fotos y al volver al blog las visitas se aumentan por mi culpa o es que de verdad alguien sigue mis saltitos de... quizá ahora gorrión, así que para que no se diga de la falta de educación... Bienvenidos!!! Siempre que queráis podéis dejar un comentario... y gracias)

lunes, 4 de junio de 2007

Pequeños vuelos

Todo lo que me ha acompañado durante años se va zanjando: las tiendas en las que compraba, cierran y la nueva etapa parece iniciarse para muchos. Nadie sabe lo que le depara el destino y, sin embargo, todos se mantienen entre las corrientes de aire y cada gorrión de la ciudad las aprovecha para sus nuevas metas, posiblemente muy lejos de mí y puede que nunca más nos volvamos a cruzar por la calle y, en todo caso, quizá haya pasado tanto tiempo que no sepamos sino tratarnos como desconocidos. No lo puedo descartar, y sin embargo, aunque nunca haya necesitado su presencia, parezco pegarme como una lapa a las cosas que nunca necesité y por ello, nunca pedí. Veo algún gorrión muriendo en cualquier rincón de la calle, agonizando, y pienso: ley de vida, a todos nos llega la hora. Vuelo unos metros más allá para que el hedor que desprenden no me atrape, ese olor a muerte que no puedo descartar que se hiciese más agrio con la basura que les tiré encima. No es momento de revolver entre los escombros para ver si hay algo que se pueda aprovechar, por eso decido deshechar todo y hacerlo nuevo, nuevos cimientos para la casa, para que no se derrumbe a la primera. Continúa el plan como hasta el momento. Algún día alzaré el vuelo tal y como indica el billete.


Los transeúntes piden ayuda en su agonía y aún los miro, sin saber qué he de hacer. No me marcho, les observo con dolor y pienso: ¡Cuántas partes por reparar de tu Grandísimo Corazón herido!