
Lucho. Bato inútilmente de forma desordenada las alas, llenas de heridas. Me agito. Rompo el equilibrio del aire y giro sobre mí misma con impulsos de mi cuerpo, como a golpes, pero nunca en círculos perfectos (mi estúpida naturaleza lo impide). Sólo quiero mantenerme en el aire, sin avanzar hacia ningún lado, bajo este día caluroso y soleado. Un rayo atraviesa por dentro todo lo que guardo, atacando, tal vez, al corazón. Caigo inútil al barro y me abandono, me hundo sin mover un dedo, cierro los ojos ante lo inevitable y el calor desaparece de golpe. Un suave murmullo de hojas me incita a ver, y veo al casi recién nacido adulto, inclinado ante mí, inmenso y con el sol a sus espaldas. Me toma entre sus manos con cariño, tan pequeña soy comparada con él. Me arrulla y oigo en su pecho tu corazón amabilísimo que me reconforta. Acaricia mis heridas limpias (el barro no ha ensuciado mis plumas) y desaparecen, dejando paso al calor agradable de su abrazo. Pasaría el resto de mi vida así...
...El llanto de Daniela al separarse de su madre (mi Caperucita) me despierta.
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Miro a mi alrededor y no reconozco nada. Un vagón de tren, en el que llevaré soñando horas y que no recuerdo haber tomado, aparece paulatinamente ante mis ojos. Alguien (tal vez el que en mi sueño tantas veces me recogió del barro) ha pagado mi billete con su vida. No llevo equipaje, paso de tener todo a vivir en pobreza absoluta, pero tampoco lo echo en falta. El traqueteo me dice que avanzamos rápido. Me asomo a la ventana. Fuera amanece.
Puede que esta noche haya sido el vuelo 225, mi último vuelo en sueños...




