Nací un 9 de mayo el mismo año de la caída del muro de Berlín en una familia normal y corriente que nunca me había esperado (llegué de sorpresa hasta para el médico, que afirmaba al inicio de mi existencia que era un embarazo psicológico), provista de dos hermanos mayores (un chico y una chica) a los que siempre quise aunque me hiciesen sus perrerías, pero era el juguete de la casa al que todos se comprometieron a cuidar. Siempre con una sonrisa entre los labios y atenta a todo lo que me rodeaba, ya asomaba la cabeza por la ventana para observar los pájaros que se acercaban mientras mi madre utilizaba la máquina de coser.

Los diciembres los pasaba en familia (los pocos que consideré como mi familia durante años) y los veranos en Oropesa del Mar, ese sitio que ahora está tan de moda y que sólo conocíamos unos pocos (mi abuelo trabajó allí cuando apenas era un pueblucho). Así crecí mis primeros años, entré en el colegio del que aún no me he despegado y poco a poco fui conociendo gente.
Poco hablaba, los mayores (en su mayoría eran los que me rodeaban) me enseñaron a
escucharles para aprender más rápidamente. Preguntaba poco, siempre aparecía alguien que me descubriría poco después lo sencillas que eran las respuestas que buscaba. No me entretendré mucho más, pues aunque fuese cuando empecé a amar a los pájaros y a conocer mundo los hechos no tienen mucha más trascendencia.
escucharles para aprender más rápidamente. Preguntaba poco, siempre aparecía alguien que me descubriría poco después lo sencillas que eran las respuestas que buscaba. No me entretendré mucho más, pues aunque fuese cuando empecé a amar a los pájaros y a conocer mundo los hechos no tienen mucha más trascendencia.El movimiento de la ciudad hizo que fuese perdiendo a muchos con los que me reí y fui aterrizando poco a poco cuando descubrí que las personas pueden desaparecer de tu vida sin más, aunque dejen mucha huella. El sistema educativo que unos locos (en teoría más listos que un niño que desconoce de lo que va el mundo) nos impusieron, hicieron mella cuando empezaban a aparecer las metas altas y explotaron el globo que comenzaba a volar gracias a los más importantes de mi vida, los que más se preocuparían de mí fuera de mi refugio. Sufrimientos, muchos sufrimientos en el interior de aquella coraza que protegían mis huesos.
Y en el mismo sitio que antes había bailado ahora aparecía la amargura, el enamoramiento del aire que sólo encandilaba y me apartaba de lo que aquellos desconocidos me habían enseñado que me podría hacer feliz toda la vida. El callar, ese fue siempre mi error de mayor gravedad. El separarme de las amistades que tenía a mi alcance, de mi familia, de todo lo que me rodeaba fue aumentando. Una llamada de la que más tarde sería mi futura madrina y que era de las personas que más me habían enseñado poco antes a lo que era amar de verdad, me salvó y me fue rescatando poco a poco de estanque de agua sucia en el que había comenzado a chapotear para ahogar aquello que yo misma llamaría mi caja de zapatos. En ese chapoteo me enamoré, y estúpida de mí pensé que duraría para siempre. Duraría, sí, pero debería rechazar a aquél soldadito de plomo incluso en más de una ocasión. Caperucita entretanto marchó y lloró como servidora había hecho poco antes por rechazar los zapatitos de cristal que le habían concedido para el mayor baile de su vida. Sin embargo, ella nunca reconocío que aquellos cuatro charcos de barro en los que chapoteaba eran más pobres que el vals con el Príncipe azul que le esperaba, como a mí, desde todos los tiempos. Comencé a caminar a estirones por tierras de peregrinación.Mi vida cambió y mi no rotundo se convirtió en un sí
, aún tímido, pero un sí al fin y al cabo. Durante un año (hace ya un año de esto) la lucha era diferente, cuesta arriba, pero hacia donde de verdad merecía la pena caminar. Yo lo sabía. Nunca lo dudé. Con el nuevo curso, el más horrible de mi vida (cuando me estacioné por estos territorios) llegaron los problemas, los nubarrones constantes, la soledad, las caídas, los rechazos al duro camino que me llevaba hasta ti. Sabes que en parte no fue culpa mía, el ver la indiferencia de quienes en teoría te amaban me hirió muy dentro y las huídas ya casi habituales, para deshacerme de ellas, no tuve más remedio que escribirlas aquí. Tu último impulso no promete que lo que llega sea más fácil, pero tiene al menos otro color, es un atardecer diferente el que me muestras y me regalas.
, aún tímido, pero un sí al fin y al cabo. Durante un año (hace ya un año de esto) la lucha era diferente, cuesta arriba, pero hacia donde de verdad merecía la pena caminar. Yo lo sabía. Nunca lo dudé. Con el nuevo curso, el más horrible de mi vida (cuando me estacioné por estos territorios) llegaron los problemas, los nubarrones constantes, la soledad, las caídas, los rechazos al duro camino que me llevaba hasta ti. Sabes que en parte no fue culpa mía, el ver la indiferencia de quienes en teoría te amaban me hirió muy dentro y las huídas ya casi habituales, para deshacerme de ellas, no tuve más remedio que escribirlas aquí. Tu último impulso no promete que lo que llega sea más fácil, pero tiene al menos otro color, es un atardecer diferente el que me muestras y me regalas.Puede que parta de estas tierras electrónicas para siempre, pero saber que eso significa que no estaré aquí porque estaré contigo me tranquiliza.
¿Dónde quieres que vaya?














