
Aunque el mundo decida alejarse de nuestra realidad, siempre queda un hilo que nos une con él. Como cada atardecer, huye lo más lejos que puede para volver a caer de nuevo en tierra al cabo de las horas. Y teme Ícaro como cada mañana que se levanta, pues sabe que elevar el vuelo exige exponerse nuevamente al sol; no sabe cuánto resistirá la cera, ni quién le recogerá más tarde cuando caiga al mar. Ícaro, eleva otro día más el vuelo, y sale a buscar la vida fuera de su isla de nuevo para pisar el asfalto al regresar.
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