
Hoy he caminado bajo el asfixiante sol y, mientras esperaba a cruzar la calle, me iba camuflando en los finos palos de los semáforos. Peaton pulse... Pato pulse... Cruzo sin mirar, dejándome guiar por el oído, porque si me dedico a pararme en ese tipo de mensajes (según los cuales debería esperar a que un alma caritativa decidiese cruzar y pulsase entonces el botón) no avanzaría más que mediante pequeños simulacros. No hay aire por el que dejarse guiar, las plumas se me pegan al cuerpo con el calor. Avanzo por las calles decidida, procurando no mirar a los lados y segura que allá donde me llevan los pasos es el camino que yo misma he decidido.
Hago un nuevo esfuerzo por entender las señales de tráfico y aunque me quede sin sitio en la biblioteca, siempre sé a dónde puedo volver.
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