Una gota. Dos. Tres y cuatro. Cinco gotas. El cielo oscurece por momentos y los niños se retiran de sus juegos para volver a las casas. Los ataques de piratas se detienen como al pulsar el botón de un videojuego; los castillos de arena se desalojan para ceder al inevitable derrumbe. Seis, siete. El parque acá queda solo; los granos de arena de la playa continúan su débil viaje de idas y venidas impulsado por las olas imparables e indiferentes al hecho de que ya nadie las salta. Los coches encienden sus luces rojas a la par de los limpiaparabrisas. Catorce. Allá dentro, en el corazón del azul, un barco se zarandea al ritmo del baile que ha comenzado. Quince. La lluvia ya imparable. Busco cobijo en donde cualquier niño me ofrezca. Las chimeneas se encienden y me acurruco en el alféizar de cualquier ventana para espiar el interior entrañable. Papeles, cartas, posiblemente sueños de pequeños se retuercen y bailan con las llamas, como el mar con el barquito, y se funden con las cenizas del fondo ocultando lo que fueron. Intento entrar por un hueco de la ventana para secar mis alas. Muero, tal vez en el intento.
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Acaricio el cristal, allá afuera sobra la ciudad llueve. El silencio se apodera de las calles. Abro la ventana en mitad de la noche, pues me acabo de despertar. A lo mejor algún gorrión busca, como cada cierto tiempo, refugiarse en mi estantería de libros...
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