
Veinticinco.
Quince. Nueve, ocho. Dos. Casi cero metros cuando mis manos, provistas de cincel, se paran ante la mítica obra, erguida y fría, mutilada, sin cabeza ni brazos -pero con alas-. Una mano poderosa detiene mi arma y me ordena retroceder, retirando todos los kandinskys y murillos de mi vista (mucho más aún de mis dedos) y me duele sentir las arrugas de mis dedos inútiles que se mueren entrelazados señalando ocho la estancia que me protege esta noche y dos de ellos allí donde tú me esperas.
Como un barco, sigo las luces que me guían en esta densa noche para llegar a la orilla de tu tierra y entre cantos marineros (en memoria de aquella muerte fiel y de su (mi) Madre) y olas movidas por el viento enfurecido (que se rabie y pegue cabezazos contra otra columna) tiro el equipaje pesado, para evitar hundimientos, por la borda. Tal vez me mareo con tanto ajetreo. Me sujeto con fuerza al mástil y asciendo. Quizá el viento sople más fuerte, enrabietado con sus rabias (que se las coma con patatas). Subo. Agarro con fuerza el mástil. Casi sin fuerzas, con más viento que antes, puede, le ignoro (nada puede sin mi Bien) y para olvidarle del todo levanto la vista... y miro al cielo.

Video blog: el fantasma - arbol
1 comentario:
puedo difrutar la primera parte del escrito, desde el punto que la misma imagen hace todo el trabajo de visualizacion mas complejo,
mientras que la segunda parte trate de encontrarle algun sentido alterno pero no puedo, no parece encerrarse en el tras-fondo que tu le das. Es algo que solo tu entiendes pero que es de buena ayuda me imagino sacar lo que pasa por tu mente...
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