Todo lo que me ha acompañado durante años se va zanjando: las tiendas en las que compraba, cierran y la nueva etapa parece iniciarse para muchos. Nadie sabe lo que le depara el destino y, sin embargo, todos se mantienen entre las corrientes de aire y cada gorrión de la ciudad las aprovecha para sus nuevas metas, posiblemente muy lejos de mí y puede que nunca más nos volvamos a cruzar por la calle y, en todo caso, quizá haya pasado tanto tiempo que no sepamos sino tratarnos como desconocidos. No lo puedo descartar, y sin embargo, aunque nunca haya necesitado su presencia, parezco pegarme como una lapa a las cosas que nunca necesité y por ello, nunca pedí. Veo algún gorrión muriendo en cualquier rincón de la calle, agonizando, y pienso: ley de vida, a todos nos llega la hora. Vuelo unos metros más allá para que el hedor que desprenden no me atrape, ese olor a muerte que no puedo descartar que se hiciese más agrio con la basura que les tiré encima. No es momento de revolver entre los escombros para ver si hay algo que se pueda aprovechar, por eso decido deshechar todo y hacerlo nuevo, nuevos cimientos para la casa, para que no se derrumbe a la primera. Continúa el plan como hasta el momento. Algún día alzaré el vuelo tal y como indica el billete.

Los transeúntes piden ayuda en su agonía y aún los miro, sin saber qué he de hacer. No me marcho, les observo con dolor y pienso: ¡Cuántas partes por reparar de tu Grandísimo Corazón herido!
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