Como decía, me paro en esa página y veo cómo fragmentos del hielo se separan y se van con el río que empieza a descongelarse. El cielo dice poco por su parte y las montañas no invitan siquiera a tantearlas. Pero el hielo se rompe. Y parte lejos para convertirse en vida cuando se deshaga por completo.


Anoche mismo, llegó un pasajero, tras un largo viaje de avión, a mi habitación de al lado, y dormirá en el mismo sitio donde la madrugada anterior un pato lloraba contra la almohada mientras tiritaba, no de frío, sino de amargura por su próxima marcha.
Partiré con las mismas provisiones con que aterricé: una pluma de repuesto, por si el viaje se complica y debo pedir auxilio a mi sentido de la orientación. Regalé mi brújula para guiarme sólo por el sol y no volar ya más de noche (aunque por lo que me voy conociendo seguramente alguna noche reanude mi noctambulismo).
La maleta ya está hecha; parto pues sin equipaje ni mapa, pero con un destino marcado: mi camino, NUESTRO CAMINO.
Epílogo



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