miércoles, 9 de mayo de 2007

08-05-2007

Despellejo el calendario en dirección contraria a la que están habituados los humanos, buscando acaso el paisaje que me consuele. Me paro, definitivamente, en el mes que caí en estas tierras cuando empecé a escribir las primeras líneas de este absurdo por el absurdo, como el breve reflejo de mis últimos pasos por mis calles -las que frecuenté durante los tiernos años de mi vida- de las que conozco de memoria hasta dónde han dejado siempre sus charcos (como las líneas de las manos de esta ciudad).

Como decía, me paro en esa página y veo cómo fragmentos del hielo se separan y se van con el río que empieza a descongelarse. El cielo dice poco por su parte y las montañas no invitan siquiera a tantearlas. Pero el hielo se rompe. Y parte lejos para convertirse en vida cuando se deshaga por completo.


Anoche mismo, llegó un pasajero, tras un largo viaje de avión, a mi habitación de al lado, y dormirá en el mismo sitio donde la madrugada anterior un pato lloraba contra la almohada mientras tiritaba, no de frío, sino de amargura por su próxima marcha.




Partiré con las mismas provisiones con que aterricé: una pluma de repuesto, por si el viaje se complica y debo pedir auxilio a mi sentido de la orientación. Regalé mi brújula para guiarme sólo por el sol y no volar ya más de noche (aunque por lo que me voy conociendo seguramente alguna noche reanude mi noctambulismo).
La maleta ya está hecha; parto pues sin equipaje ni mapa, pero con un destino marcado: mi camino, NUESTRO CAMINO.




Epílogo

Se acerca el verano del 2007 EP (Época de Cristo). Llevo 17 años y 364 días preparando el billete, y apenas dos aguardando en la estación (tú esperaste toda una eternidad). Mañana, quizá, me inviten a un viaje. Prometo escribir cuando me vaya.

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