sábado, 5 de mayo de 2007

Cuento breve







Amiga Caperucita,

Sigues en los sueños diurnos de Blancanieves (esos que algunos llaman pensamientos o recuerdos) y ve cómo tomaste el camino más ancho que se adentraba en el bosque y te perdías entre los árboles como un espejismo que nunca existió. No te avisó que era el sendero más peligroso, que cualquier lobo podía despedazar tu vida de un bocado y quedarse además con el contenido de tu cesta, que con tanta ilusión portabas entre tus brazos. Hasta un cantante que nunca te conoció te dedicó una canción mucho antes de que partieras. Y tú la conociste por mí, no sé si todavía la recuerdas y caiste acaso en la cuenta de que la escribió para ti.



Amiga Caperucita,
Ayer me pareció ver en las paredes de los pasillos un dibujo que tú y yo hicimos poco después de conocerte. Las sombras del dibujo las aportaste tú, lo mío fueron los brillos hechos con tiza que alguien después de algunos años ha retocado. Era nuestro a pesar de todo y, por mucho que pudiese asegurar a mi acompañante del descubrimiento que hice ayer que ese dibujo sobre cartulina roja era un símbolo de lo que nos unió, solamente nosotras sabemos que era nuestro y que por mucho que retocasen los brillos o las sombras ambas eran parte de nuestro trabajo.



Amiga Caperucita,
Quizá no lo sepas nunca, pero Blancanieves murió poco después de tu partida y ahora ya no hay príncipe que la pueda hacer despertar. Espera al menos que tu mirada a esa cuna no te recuerde a la muerte y te dé la vida que te negó con su silencio.

Firmado,


Blancanieves.

















PD: Me quito el disfraz, y vuelvo al estanque a esperarte...

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